Entre sentirse solo y estar en soledad hay una gran diferencia.
Hubo muchos años en los que lo primero me asustaba profundamente, pero hoy, en esta etapa de mi “segunda adolescencia” —juventud, divino tesoro—, es la soledad la que toma otro significado en mi vida.
Me siento en el auge de quien soy: emocional, mental y espiritualmente.
Y también, poco a poco, en todo lo demás.
Desde que mi hija hizo su vida aparte, comencé a ocupar mi tiempo de una manera distinta. Eso me llevó a redescubrirme, a retomar cosas que sin darme cuenta había dejado en pausa: hobbies, intereses, ideas… partes de mí.
Así, paso a paso, he ido reconociéndome de nuevo. Mirando a la persona que siempre fui, pero ahora transformada por procesos que han sido para bien. Sigo siendo apasionada, intensa, empedernida y un poco necia —gracias a Dios—, pero ya no vivo solo desde la emoción, sino desde una conciencia más profunda.
Porque Dios, en su infinita bondad, un día me ayudó a volver a casa.
Y ahí confirmé que la fe en Él y en sus promesas fue lo que me sostuvo y me mostró lo verdaderamente importante.
Hoy entiendo que lo que realmente vale es tu identidad: saber quién eres.
Pero, sobre todo, aprender a mirarte con los ojos con los que Dios te ve… con amor, con propósito y con verdad.
Y en esa mirada, encontrar paz, certeza…
y un hogar dentro de ti misma.
No comments:
Post a Comment